Un cuento para el final del otoño


Estaba desnuda bajo la lluvia. Era otoño, casi invierno.

Muchos años después, pensaba en los días en los que se despertaba en la casa de su abuela. Solía desperezarse escuchando el trajín de la cocina. En aquella habitación, la vida transcurría con banda sonora de radionovela y olor a patatas, morcilla, cangrejos, lentejas o sopas de ajo…

El calor llegaba de la cocina. De una cocina antigua, de leña, en la que el crepitar de la madera luchaba a diario con el borboteo de las ollas. Ella, a veces, se quedaba mirando las llamas, sin más. Otros días, rallaba el pan duro con un molinillo de hierro que se anclaba a la mesa de mármol con un gato. Le encantaba girar aquella manivela roja y ver crecer la montaña que el pan rallado iba formando en el plato.

Seguía desnuda, mojada, con el pelo revuelto. El viento había cubierto su piel de hojas marrones y amarillas. Hoy no habría partida de dominó, ni pan de cuadros.

Silbó… No tarareaba una canción. Su silbido era, más bien, un anuncio de su presencia, una llamada de atención.

Al fruncir la boca para silbar, recordó el sonido de un beso que prometía ser siempre suave y que, sin embargo, al cabo de un poco se volvió picante hasta que, como los chicles, de tanto moderlos, terminó perdiendo el sabor. Junto a aquel beso, en la fotografía, había una falda escocesa amarilla, muchas ilusiones intactas, un vagón de tren que olía a tabaco, un par de ciudades con sus ranas de piedra y años de sueños, risas y noches sin fin.

Para todos llega un momento en el que las caras de siempre pasan a ser las de de vez en cuando, en el que el tiempo de los juegos se transforma en horario laboral, en el que las excesivas horas dedicadas a confianzas y confidencias se convierten en insuficientes minutos de descanso y soledad.

Normalmente, es en esta época también cuando uno se enamora, monta su vida, ajusta su rutina: la foto se parte en pedazos. A Clara le había pasado, pero guardó los fragmentos por si algún día podía volver a juntarlos. Algunos encajaron -la historia siguió justo donde la habían dejado-, los demás se desdibujaron.

Estaba anocheciendo ya. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, desnuda, bajo la lluvia. Sus pies se habían hundido en el barro al mismo tiempo que su mente volaba entre recuerdos. Sentía la tierra fría en todo su cuerpo… Incluso notaba su sabor en la boca, como si su cuerpo se estuviese alimentando de los nutrientes del suelo, como si su alma bebiese la humedad de la escena.

– ¡Clara!, escuchó.

Solo aquella voz grave y profunda podía hacerla salir de su estado de letargo. Levantó la cabeza y vio el cielo cubierto de nubes naranjas… Se sacudió el pasado. Había vaciado su mochila y era el momento de echar a andar… Dio un primer paso y caminó hacia la voz, despierta y serena, en calma.

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4 respuestas a Un cuento para el final del otoño

  1. Cruz dijo:

    Había que esperar un tiempo para leer, ya llego el otoño aquí al otro del mundo, pero en bienvenidas tus letras…
    Bello relato, encantador!
    El final muy bueno!
    Sensual y sutil…
    C.

  2. sparral dijo:

    Muchas gracias, C. Un abrazo desde la primavera 🙂

  3. Sir Bran dijo:

    El pasado es una caricatura de la experiencia…
    conviene tenerlo presente, para poder superar errores,
    aunque mirar hacia adelante…
    es una preciosa tarea, que debemos llevar a cabo.
    Escribes muy bien.
    Gracias.

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